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San José, un santo para todo y para todos

San José

Es San José proclamado principalmente como patrono de la Iglesia Universal, pero igualmente es reconocido como protector del hogar, del trabajo, de los ingenieros y carpinteros, artesanos, obreros, de los esposos, de la familia, y en forma muy especial se lo invoca para obtener una buena muerte.

El origen de su nombre es hebreo, Yosef, el cual significa "que Yahvé multiplique".
La española Santa Teresa de Ávila decía que “si Dios ha dado valimiento a los santos para socorrer a sus devotos en algunas necesidades, ella tenía experiencia que el poder de San José es para todo y para todos”. 
 
En general, la iconografía tradicional (proveniente de España) lo representa en la figura de un hombre maduro, a menudo anciano, mucho mayor que María, que responde a la necesidad de hacer resaltar la paternidad divina de Cristo. A su costa Los evangelios apócrifos describen a José como un anciano viudo. Se dice también que es el terror de los demonios, debido a su gran poder de protección para con sus devotos.

San José Padre putativo y virginal de Jesús como le llama San Agustín, esposo verdadero de nuestra madre María Santísima, Madre de Dios ¿Que no podrá conseguir a su costa para sus fieles devotos y seguidores?

¿Quién nos pondrá mejor que él en manos de la Virgen Santísima y de Jesús? Miremos e imitemos sus virtudes, en especial su pureza, su humildad, su recogimiento, su obediencia, su amor a Jesús y a María. Tomémosle por nuestro maestro en la oración y en el cumplimiento de nuestros deberes, confiémosle nuestras necesidades y angustias; meditemos su vida y su muerte santa.

Desde España, Santa Teresa de Jesús profesaba una viva devoción a San José: desde su más tierna edad tuvo una gran devoción y confianza filial hacia este gran santo de la iglesia y lo invocaba siempre con los nombres de padre y señor. Dice ella: “Yo he escogido al glorioso San José por mi protector, a él me encomiendo en todas mis cosas. No he conocido a persona alguna que lo haya invocado y no haya hecho grandes progresos en la virtud. Después que yo he experimentado los singulares favores que él nos alcanza de Dios, quisiera convencer a todos a tener confianza en tan glorioso santo y serle devotos. Si alguno tiene dificultad en creerme, le suplico por amor de Dios que lo pruebe, y luego verá por experiencia propia cuán ventajoso le es encomendarse a este gloriosos patriarca y a su costa contarse en el número de sus devotos”.

Predestinación de San José

Según lo enseña San Pedro Damián, de una forma similar a como hablamos de María Santísima, existe una jerarquía en cuanto a la proximidad a Dios en el cielo: Jesús es el centro de esta jerarquía, llamada de la unión hipostática, María su Madre Santísima ocupa el segundo lugar a la derecha, el tercer lugar es para el incomparable San José. Jesús es el primer predestinado desde toda la eternidad, María la segunda, el tercero es nuestro santo. San Bernardino de Sena celebra a San José por haber sido elegido por el Padre Eterno para guardia y defensor de sus principales tesoros Jesús y María. Así como la Santísima Virgen María fue antes del tiempo predestinada a ser Madre del Hijo de Dios, así San José fue juntamente con ella escogido custodio de los dos y destinado a la economía de la Encarnación. 

De acuerdo a San Anselmo, sí convino que la Virgen tuviera tanta pureza, que no se pudiera hallar otra mayor debajo de Dios, así también convino grandemente que San José fuera de tanta excelencia, que no hubiera otra más semejante a la de María. Jesús, María y José, son por tanto la Trinidad terrestre que mejor representa a la Divinidad.

Si Jesús es nuestro Redentor y María nuestra Corredentora, también San José tuvo parte principal en la Redención, como llamado a ser auxiliar no solo de la Madre de Dios, más también del mismo Cristo Señor Nuestro, pues el omnipotente le predestinó a que fuera nutricio de su carne y coadjutor fidelísimo del gran consejo, a fin de que sirviera en todo a Jesús y a María, contribuyendo así a que la redención del hombre resultara perfecta e íntegramente copiosa, y se rasgara en la cruz la escritura de nuestra condenación.

Una historia maravillosa de San José de esta web.

Tiernísimo y filial amor profesó a San José la Beata Margarita del Castillo, al considerar los grandes servicios que el amado santo prestó siempre a Jesús y a María, se enardecía en gratitud y en amor al santo Patriarca, y los dulcísimos nombres de Jesús, María y José no se le caían de los labios y menos del corazón: a todos quería infundir la devoción a la Trinidad de la tierra, y en los dulces trasportes con que manifestaba su amor entrañable a Jesús, María y José, solía exclamar: ¡Oh! Si supierais qué tesoro tan rico tengo oculto en mi corazón: estas expresiones repetidas tan a menudo y con tan encendido afecto movieron a los superiores de la amante religiosa a que después de su santa muerte abrieran su pecho y examinaran minuciosamente su corazón. ¡Oh maravilla de Dios! En él encontraron tres piedras preciosas, primorosamente cinceladas, que representaban sus amores. Estaba en una la imagen de María radiante de hermosura y coronada su frente con bellísima diadema de oro, en otra se veía al Niño Jesús, reclinado en el pesebre, entre dos animales, y en la tercera apareció San José con dorado manto sobre uno de sus hombros, una paloma en la cabeza y á sus pies arrodillada una religiosa dominica, parecida a la feliz Margarita. Pronto cundió por toda la comarca semejante maravilla; y todos conocieron que era debida a la ardiente devoción de Margarita a la Sagrada Familia y señaladamente a San José, ante cuyas plantas se veía prosternada. Aún se conservan tales preciosidades en el convento de Castillo.

Nacimiento de San José.

Parece lo más probable que nuestro amado S. José nació diecinueve años antes que su virginal esposa y treinta y tres antes que Jesucristo. Ya S. Teófilo escribió que S. José había sido santificado, como Jeremías y el Bautista en el vientre de su madre; y S. Juan Crisóstomo, que S. José había sido santo en el seno de su madre, santo en su vida y santo en su muerte. Lo mismo predicó el gran Gerson ante el concilio de Basilea, fundado, entre otras razones, en un antiquísimo rezo, hecho en Jerusalén en honor de nuestro amado Patriarca. 

Así vemos a los grandes santos y amantes de S. José creer en la santificación del virginal Esposo de María en el seno de su madre. Si Jeremías, dicen los grandes teólogos, fue santificado para ser figura de Jesucristo, si San Juan Bautista a los seis meses de su concepción fue santificado para ser su precursor, ¿cómo no había de serlo S. José, destinado para los dos ministerios sin igual en los cielos y en la tierra, padre adoptivo de Jesucristo y esposo de la Madre de Dios? Parecióse, pues, cuanto puede ser criatura, a la Inmaculada Concepción de María: fue santificado apenas concebido, y desde el principio de su carrera, fue, como dice S. Gregorio Nacianceno, el sol de los santos, y tuvo, como asegura el Doctor Angélico, la santidad de todos ellos; muy semejante en todo a María, Madre de Dios y Esposa suya: In similitudinem Marie Virginis Sponsae ejus.

Nació rey de derecho, como hijo heredero de los gloriosos reyes de Israel, y si ejerció un oficio humilde y fue pobre de los bienes mentirosos del mundo, es que Dios quiso enseñar en nuestro amado S. José en qué consisten las verdaderas riquezas, y le hizo nacer adornado en su corazón con la plenitud de los dones del Espíritu Santo y el exterior con la eminente dignidad de los pobres, como el mismo Jesucristo. Así exclama San Francisco de Sales; ¡Oh qué Santo el glorioso José! «No sólo es Patriarca, sino el jefe de los patriarcas, no sólo es Confesor, es mucho más: en su confesión se hallan las dignidades de los obispos, la generosidad de los mártires y de todos los otros santos. Con justa razón, pues, ha sido comparado nuestro amadísimo S. José a la palmera, la reina de los árboles. 

Se cuenta que un caballero muy devoto de S. José tenía la hermosa costumbre de celebrar todos los años su fiesta con gran solemnidad a expensas suyas. Un año, el mismo día de la fiesta de nuestro Santo se le murió uno de los hijos que tenía: al siguiente año y en el mismo día se le murió el segundo. Esta doble pérdida y en día tan señalado afligió mucho al buen padre, hasta el extremo de estar para tomar la resolución de no celebrar ya más la fiesta de San José, por temor de perder a su tercero y último hijo. Con estos pensamientos y para aliviar sus congojas y tristezas emprendió un largo viaje: caminaba inquieto y pensativo; y he aquí que levantando los ojos ve de repente dos jóvenes ahorcados de un árbol: quedase confuso y afligido al contemplar tan triste espectáculo; más un ángel se le aparece y le dice: ¿Ves a esos dos jóvenes? Pues sábete que son tus dos hijos que tanto lloras; si hubieran vivido, habrían tenido ese fin: más porque eres devoto de S. José, este Santo poderoso te alcanzó de Dios que murieran en su infancia, para librar a tu casa de tanta infamia, y a ellos de la muerte eterna. Ve, pues, a celebrar la fiesta de tu poderoso abogado, y no temas, porque el hijo que te queda, tendrá larga vida y llegará a ser Obispo. Volvió, en efecto, el devoto de S. José a celebrar la fiesta de su Patrono; y todo se realizó puntualmente como le había predicho el ángel.

San José en el Nacimiento del Hijo de Dios.

Como estaba anunciado por los profetas Jesucristo nacería en Belén, Dios que dispone las cosas con suavidad y eficacia, se valió del Emperador Augusto, para ir nuestro amado S. José con su Esposa a inscribirse en la ciudad de David. Aquí, no hallando dónde hospedarse, tuvieron María y José que refugiarse en una cueva, y allí a media noche, nació el Salvador y Redentor del mundo, Príncipe de la Paz y deseado de los collados eternos. Le adoraron en seguida la Virgen y San José, adoráronle después todos los ángeles del cielo, convirtiendo en un segundo cielo el pobre establo de Belén, y María recostó al Niño sobre paja en un pesebre. Sólo en el cielo, alma región de luz, sabremos lo que sintió nuestro amado Santo, al ver y adorar al Hijo de Dios que quiso ser tenido por Hijo de S. José, como verdadero Hijo de su verdadera Esposa, Dice S. Juan Crisóstomo, que en viendo José al Redentor ya nacido, sentía que su corazón le saltaba de júbilo y no le cabía en el pecho.

Escribe otro devoto de S. José: Entre los consuelos celestiales de la Virgen, está convidando a nuestra consideración el que san José tendría, mirando aquella Joya divina que había encomendado el Eterno Padre, repartiendo con él la dignidad real, y haciéndole no sólo guarda y camarero mayor del rey de la gloria, mas también Padre legal, por haberle adoptado el Hijo, y creído Padre, por ser Hijo de su Esposa: viéndose el amado San José, enriquecido con tan altos títulos como Dios le había comunicado, acerca de la persona de su Hijo. Dice S. Atanasio: Importantísimo es contemplar a S. José confirmado por la fe, lo mismo que la morada donde nació Jesús, prefigurando la Iglesia, en la que el altar es el pesebre, S. José el Vicario de Dios, los pastores los ministros, los ángeles los sacerdotes, el Sumo Sacerdote el mismo Señor y el trono la bienaventurada Virgen. ¡Qué gloria para el feliz y amado S. José, ser Vicario del Eterno! Para más detalles sobre el nacimiento de Jesús ir a este enlace

San José y la Adoración de los Pastores.

Después que los ángeles, como escribe Orígenes, adoraron al Niño Dios, convirtiendo la cueva en trasunto del cielo, y se cumplió lo que dice el apóstol, según la profecía de David: que el Eterno al introducir su Unigénito en el mundo, mandó que todos sus ángeles le adoraran; aparecióse a los pastores del contorno un ángel y les dijo: No temáis, que vengo a anunciaros un grandísimo gozo para todos, porque os ha nacido hoy el Salvador en la ciudad de David, y he aquí cómo le conoceréis: hallaréis al Niño envuelto en pañales, y puesto en un pesebre: y una multitud de ángeles cantaban:

¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Los pastores animándose unos a otros a ver al Verbo, llegaron a la cueva; allí hallaron aquellos dos incomparables esposos semejantes a los serafines y junto a ellos al Niño Dios reclinado en pobres pajas. Lo que sintieron los sencillos pastores al ser recibidos por el bendito S. José, al respirar aquella atmósfera de paraíso, al ver a María y a su Niño Dios, al adorarle, referir a los santos Esposos la visión y cantar de los ángeles y escuchar lo que María y nuestro amado S. José les dijeron, no hay lengua para narrarlo, ni imaginación para concebirlo. Ver a Jesús, ver a María, ver el amado S. José, oír hablar a la Madre de Dios. Oír hablar a S. José, ¡cómo quedarían los pastores arrebatados en amor a esta Trinidad de la tierra! ¡Qué momentos éstos, nunca por ellos ni aun soñados! Estos pobres pastores fueron más dichosos que todos los príncipes y reyes, que todos los que se llaman los dichosos de este mundo. ¡Cuántas veces volverían a gozar de esa dicha que sólo se encuentra en el cielo! ¡Cómo su alma, su vida, todos ellos lo pondrían a disposición de nuestro amado Santo, Jefe divino de la Sagrada Familia!

Patrocinio y poder de San José en el cielo.

Colocado el amado S. José en la jerarquía de la unión hipostática, inmediata a la de la augusta Trinidad, su valimiento en el cielo no tiene igual después del de su Esposa. El gran Benedicto XIV escribe que S. José había recibido gracias y prerrogativas tan grandes, excelsas, indubitables y peculiares que jamás se habían comunicado a ningún otro santo. Por eso dice el P. José de Jesús: No sólo se diferencia S. José de los otros santos en la preexcelencia de los premios de gloria y goces accidentales de aquella patria; mas también en cierta autoridad real de que es ilustrado en aquella corte bienaventurada, semejante a la Emperatriz de los cielos. Allí, añade Gerson, el amado S. José no ruega, manda: Si Jesús, dice el beato Canisio, tuvo en S. José su consuelo, calor y contento, junto con su Madre Santísima, qué le negará al que en este mísero destierro le cuidó como Padre amoroso.

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