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El poder terapéutico del sacramento de la penitencia, confesión o reconciliación

La confesión sacramental
Sacramento de la confesión
Uno de los sacramentos esenciales para la adecuada vida interior de todo cristiano es el de la reconciliación. Por excelencia, es la fuente de toda salud y liberación interior y comienzo de toda buena aspiración sobrenatural. No existe nada que de paz más profunda y duradera que una confesión bien hecha debido a la tranquilidad de conciencia que genera este acto de humildad. 
 
Sin tratar de menoscabar las ciencias humanas (pues son creadas por el ingenio del hombre, y este, a su vez, es creación de Dios) pero ni la sicología ni la psiquiatría, a pesar de sus grandes avances, jamás podrán generar el infinito efecto sobrenatural de liberación y sanación interior de un sacramento como el de la penitencia. Esto según el testimonio de innumerables cristianos que han experimentado estos beneficios espirituales y mentales y que aún les sigue reportado bienestar en su salud corporal o física.

Veamos un ejemplo moderno: vemos como los dispositivos móviles traen programas de antivirus, protecciones y otras aplicaciones que los harán trabajar de forma más rápida y eficaz. Lo mismo pasa con el sacramento de la penitencia, es el perfecto liberador de toda carga pesada que tenemos en nuestra conciencia,  nos permite ver con más claridad las metas de nuestra vida y poder enfrentar mejor nuestros problemas cotidianos.

No debemos dejar pasar que el otro complemento esencial a este sacramento es la Comunión Sacramental, Como decía San Juan Bosco a sus alumnos, "uno sin el otro no pueden subsistir en el cristiano para una adecuada salud interior". La  Sagrada Eucaristía es la encargada de fortalecer el espíritu pues es su alimento por excelencia, al igual que fuente de salud e innumerables bendiciones de orden natural y sobrenatural.

Si realmente queremos sanarnos de esas ansiedades negativas, profundas tristezas, el sin sentido de la vida, desequilibrios emocionales, etc., debemos frecuentar estos dos sacramentos al menos una vez por mes.

Los requisitos de una verdadera confesión sacramental.

No debemos olvidar que una confesión mal hecha constituye un sacrilegio por precepto de la iglesia y casi una burla a Dios. Siempre la iglesia a recomendado a los fieles tener en cuenta para hacer una buena penitencia cinco pasos a saber:

1. El exámen de conciencia: recomendado aún por San Pablo en una de sus cartas. Permite un recorrido de nuestras faltas desde la última confesión. Es recomendable pedir al Espíritu Santo nos recuerde los pecados que debemos confesar. Se recomienda tener en cuenta los diez mandamientos de la Ley de Dios para saber a cual de ellos hemos faltado.

2. Verdadero arrepentimiento de nuestros pecados: o contricción perfecta (la atrición es arrepentirse pero por la fealdad de nuestros actos y no por dolor de haber ofendido a Dios). Igualmente, debemos pedir al Divino Paráclito poder sentir un verdadero dolor de haber ofendido a la Divinidad.

3. Propósito de enmienda: Es decidirse a no volver a nuestras faltas con toda nuestra voluntad y evitar el pecado a toda costa (estar vigilantes siempre). Según San Juan Bosco, en uno de sus sueños o visiones, el demonio obligado a confesar dijo que este es un punto por el cual la confesión no aprovechaba a la mayoría de los penitentes. Este propósito debe ser muy serio.

4. Confesión completa de los pecados: Sin que falte ninguno de forma consciente por más vergonzoso que sea. debe ser sincera, completa, humilde prudente de nuestras palabras y breve. Igualmente, san Juan Bosco aseguraba que la mayoría de personas no confesaba completamente sus pecados por vergüenza y salían peor del confesionario pues cometían un muy grave sacrilegio. 


5. Satisfacción: llevar a término la penitencia que nos imponga el sacerdote. Es obligatorio ya que hace parte del sacramento. 

Algunas disertaciones sobre el sacramento de la reconciliación: 

Consideremos hermano cristiano que no hay mas que dos caminos para ir al cielo: la inocencia o la penitencia. No hay término medio; o nunca pecaste, o eres pecador. ¿Quien se podrá lisonjear de aquella primera inocencia de la niñez? pues ¿Quién se podrá excusar de los rigores de la penitencia? Busquemos algún otro camino; por lo menos es cierto que Jesucristo le ignoró.

Fabriquemos el sistema que nos pareciere; finjamos la moral que se nos antojare; pretextos de salud, vanos títulos de la edad, excusas frívolas del amor propio, alegatos aéreos del estado o de la condición; no hay privilegios, no hay razones que nos eximan de una ley tan indispensable.

No hay otro partido que tomar: llorar mientras dura el tiempo de nuestra existencia o arder por toda la eternidad; o infierno, o penitencia.

Es esta vida el tiempo de la misericordia; es el fruto de la muerte del Redentor. Pero la divina justicia no puede ser frustrada de sus derechos; estos son los que conserva y sostiene la penitencia; ella ocupa , por decirlo así, el lugar de la justicia divina; ella la representa como apoderada suya.

Si por cierto; quiere Dios dejar a nuestra buena fe el castigo de nuestros pecados; quiere que tú mismo seas el vengador de tus delitos quiere que nos impongamos a propio la pena que merecen; ¿puedes poner tus intereses en manos mas favorables ni amigas? Desengañémonos; todo pecado ha de ser indispensablemente castigado, o por un Dios justiciero, o por el hombre penitente.

¿Qué penitencia no hizo el mismo Jesucristo solo por haber tomado la apariencia de pecador? Las almas mas puras, los santos mas inocentes pasaron la vida entre los rigores de espantosas penitencias; ¡con cuanta amargura de su corazón, por cuan largo espacio de tiempo mezclaron su pan con as lagrimas por los pecados mas ligeros! Nosotros, gracias al Señor, somos de la misma religión; hemos pecado.

Ninguno hay que no pueda decir con verdad como el Profeta: Mis maldades me cubrieron mas arriba de la cabeza (Salm. 37). Pero ¿cuál es nuestra penitencia? En medio de eso, ninguno hay que no espere lograr la misma dicha que gozan los santos; ninguno que no aspire a la misma corona. Mas ¿En qué fundará esta confianza? en los méritos de Jesucristo. Sin duda que a estos divinos méritos deberemos nuestra salvación.

Pero ¿Será sin hacer penitencia? Escuchemos al oráculo del mismo Jesucristo : "Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis" (Luc. 13). No ignoraba él lo que valía su sangre; conocía perfectamente el precio y la virtud por de sus merecimientos.

En medio de eso, con toda mi redención sobreabundante, con el fruto de mi pasión y de mi muerte, dice el Salvador, ninguno se salvará si no hace penitencia. Todos pereceréis: el rey como el vasallo; el amo como el siervo; todos: la mujer noble como la plebeya; la señora como la criada; todos:el letrado, el hombre de negocios, el mercader, el seglar, el eclesiástico; vosotros jóvenes, y vosotros viejos, agobiados con los años; hombres del mundo y religiosos, si no hiciereis penitencia, todos pereceréis.

Este solo oráculo vale una meditación, vale un libro entero. ¡Miremos cuanto me acusa en este mismo punto mi conciencia! ¡qué remordimientos! ¡qué temores! ¡qué justos sobresaltos! ¿será posible que todo esto sea sin provecho?

Pensemos qué enorme error es pretender salvarnos sin hacer penitencia. Si no queréis renunciar mi Evangelio, dice el Salvador del mundo, debéis estar persuadidos de que el que pecó, si no hace penitencia, vanamente se lisonjea de conseguir su salvación.

¿Se sigue hoy en el mundo esta doctrina? Pero ¿No será hacer bastante penitencia confesar los pecados, rezar algunas oraciones, ejercitarse en algunas obras satisfactorias, impuestas en la confesión? ¿no bastará esto para cumplir con el precepto de hacer penitencia? ¿Será posible que la doctrina de Jesucristo sobre la necesidad de la penitencia no se ha de reducir mas que a esto?

Los santos que no conocieron otra moral que la de Jesucristo, ¿entendieron por ventura aquella doctrina según esta benigna interpretación? Ni aun nosotros mismos, aunque no tengamos mas que una leve tintura de nuestra religión, ¿nos persuadiremos de que todo el castigo que la divina justicia exige por nuestros pecados, se reducirá a una tan corta, tan ligera y tan superficial satisfacción? Será esta toda la penitencia cristiana después de tan enormes culpas?

¡Qué! esas almas disolutas, esos insignes pecadores, esas personas mundanas, cuya confesión apenas interrumpió por algunas pocas horas, una o dos veces al año, el juego, el fausto, las diversiones, los banquetes, y acaso también los mas vergonzosos pecados.

Esas personas que se dispusieron para la confesión pascual, disfrutando los gustos y los pasatiempos en el carnaval; que con vanísimos pretextos se dispensaron en el ayuno y en la abstinencia de la cuaresma todas estas personas ¿hacen verdadera penitencia?

Aquellas otras personas tan inmortificadas que a la sombra de cierta exterioridad de virtuosas y aun acaso en un estado de penitencia, quizá buscan en todo sus conveniencias y sus comodidades ; que quizá no tengan a los ojos de Dios otra cosa de verdaderos penitentes, que la indispensable obligación de serlo; aquellas personas que solo obedecen y se gobiernan por su amor propio, harán verdadera penitencia?

Y si en adelante no entablan una vida mas penitente, ¿en qué principios, contrarios a la palabra de Jesucristo, fundaran la confianza de conseguir su salvación.

Pero ¿no estamos nosotros mismos en este caso? Sabemos ciertamente que hemos pecado; a estamos igualmente seguros de nuestra penitencia? ¿siguiese a aquella contrición verdadera la fuga de las ocasiones, la reforma de las costumbres, la modestia en el traje, y otros frutos dignos de verdadera penitencia?

O también, aquellas otras personas tan inmortificadas, que a la sombra de cierta exterioridad de virtuosas, y aun acaso en un estado de penitencia, quizá buscan todo sus conveniencias y sus comodidades; que quizá no tengan a los ojos de Dios otra cosa de verdaderos penitentes, que la indispensable obligación de serlo; aquellas personas que solo obedecen y se gobiernan por su amor propio, ¿harán verdadera penitencia? Y si en adelante no entablan una vida mas penitente, ¿ en qué principios, contrarios a la palabra
de Jesucristo
, fundaran la confianza de conseguir su salvación?

Pero ¿Quizás no estamos nosotros mismos en este caso? Sabemos ciertamente que hemos pecado ¿Estamos igualmente seguros de nuestra penitencia? ¿Siguiose a aquella contrición verdadera la fuga de las ocasiones, la reforma de las costumbres, la modestia en el traje, y otros frutos dignos de verdadera penitencia?

¿Cuantos cargos tengo que hacerme a mi mismo? ¿Cómo podré sufrir los que algún día nos harán, si no comienzo a hacer penitencia desde este mismo punto? Palpo la precisión; conozco la indispensable necesidad; todo lo arriesgo si lo dilato.

Aunque dentro de veinte y cuatro horas tenga que ir a dar cuenta de mi vida, por lo menos tendré, el consuelo de haber comenzado. Examinaré de aquí en adelante, mi Dios, todos los años de mi vida y quién diera a mis ojos una fuente de lágrimas en la amargura de mi corazón para llorar día y noche mis pecados.

Pocos hay que no confiesen, y muchos menos que no tengan sobrada razón para confesar que son grandes pecadores.

Pero ¿dónde esta la penitencia? ¿de qué servirá el estéril conocimiento, y esa infecunda confesión sino de aumentar nuestras deudas? ¿de qué servirá reconocerse uno pecador si no pasa a ser penitente? Y no hay que ocultarse, no hay que cubrirse con la ternura de la edad, ni con la delicadeza de ta complexión, ni menos con los empleos, con la clase, con la calidad.

Para quien pecó no hay salvación si no hace penitencia. Fuera de la penitencia interior, que pasa allá dentro del alma en la amargura del corazón, es menester la exterior que mortifique al cuerpo, que le dome y que le humille. Da principio por las penitencias de precepto, las abstinencias de obligación, los ayunos de la Iglesia son leyes inviolables de que jamás te debes dispensar con frívolos pretextos. 

Es mucho desorden el de hoy, parece que estas santas leyes solamente se hicieron para los claustros religiosos, o para la gente común. Las personas de distinción, las ricas, las de conveniencias casi nunca tienen bastante salud para comer de vigilia; es preciso que se las dispense. Pero autorizará Dios estas dispensas? Examina lo que has delinquido en este punto. Haz un firme propósito de observar con todo rigor todas estas penitencias de precepto.

Guárdate bien de permitir que los que están á tu cargo se dispensen en ellas sin grave é indubitable motivo; mira que te harás reo de su pecado.

No te contentes con aquellas penitencias comunes en que ningún cristiano debe jamás dispensarse sin causa legítima y verdadera; hay otras particulares que note son menos necesarias en atención a tus necesidades espirituales. 

La vista, el nombre solo de ciertos instrumentos de penitencia espanta, estremece a algunas personas a quienes no estremecieron ni espantaron los desórdenes mas vergonzosos y mas enormes. Con cuánta razón se podría preguntar a muchos si la multitud y la enormidad de sus pecados los dispensaban de este género de penitencias! Porque, tanto lo extrañan, cuánto recalcitran, y aun cuánto se escandalizan si tal vez un confesor celoso tiene valor para imponérselas en la confesión.

Cosa extraña, un joven, una tierna doncella vuelven las espaldas al mundo aun antes de haberle conocido; retíranse a conservar la inocencia bautismal entre los rigores de la penitencia; mientras un hermano suyo perdido y estragado, una hermana suya entregada a las vanidades del mundo viven como anegados, como sumergidos en el desorden, y no pueden siquiera sufrir que se les hable de penitencias ni de mortificaciones. 

Pero ¿Será muy semejante la eterna suerte de estos? Consulta cuanto antes con tu director lo que debes hacer en este particular. No des oídos a tu delicadeza, sino a tu conciencia, a tu religión y a tus necesidades; si eres inocente, la penitencia es la sal que preserva de la corrupción ; si eres pecador, la penitencia es el contraveneno del pecado.


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Comentarios

  1. Mensaje especial de Del Señor Jesucristo Sacramentado y de la Santísima
    Virgen María de Guadalupe a México. 18/2/2019. Pueblo de México lindo y
    querido. Se acerca la agonía de ustedes, Yo ya pasé por la Mía en Mi
    Calvario y Mi Cruz de Gloria, donde derramé por ustedes Mi Preciosa
    Sangre para la Redención del Pecado. Amén, Aleluya, Amén. Prepárense
    hijos apenas les queda tiempo un segundo tan solo resta para su calvario
    particular. Recuerden Mi Cruz y serán Resucitados Conmigo en Mi Reino
    Celestial. No olviden a Mi Santa Madre que estuvo siempre al pie de Mi
    Cruz de Pasión y Gloria. Aleluya, Aleluya, Aleluya. Cristo ha Resucitado
    que Viva en el corazón de las gentes Recen Mi Rosario hijos pequeños
    Míos Pidan Intersección Maternal y Yo intercederé por vosotros y
    vuestras familias ante Mi Hijo Amado Muy ofendido por vosotros a causa
    del pecado del aborto que recién aprobásteis, pasásteis a vuestras leyes
    y eso así no es hijos, así no es, no lo Quiere Mi Hijo Amado
    Sacramentado por vosotros por vuestros pecados, no lo puede ver Dios
    Padre Omnipotente y Todopoderoso. Amén, Aleluya Amén, que no se llama
    Elohim Jawhé sino Jehová de los Ejércitos. Amén, Amén, Amén. Gloria a
    Dios Padre, Hijo Todopoderoso Jesús Cristo y Espíritu Santo, como era en
    un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén, Amén,
    Amén. Fin del Mensaje.
    Dice el Señor Jesucristo a México Conságrense a Mis Llagas, a Mi Santa
    Sangre y Yo protejeré a sus familias de la gran catástrofe que se
    avecina por el Popocatepetl a consecuencia del pecado del aborto.
    Mensaje para ustedes Puebla a Sus hijos por Voluntad de Él, Santo de
    entre los Santos. Amén, Amén, Amén.21/02/19.
    wattsappsdelcielo3.blogspot.com

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